¿Cuántas obras de teatro hacen falta para hablar del amor desde todos los ángulos posibles? Con una compañía de pequeño formato en Barcelona, decidimos que la respuesta era «varias, a la vez» — y montamos un espectáculo hecho de fragmentos de distintas obras que hablaban de amor, todos con un filtro marcadamente humorístico.
El truco estaba en la selección: cada fragmento tenía que funcionar por sí solo, sin que el público necesitara saber nada de la obra original de la que venía. Nada de «para entender esta escena tienes que conocer tal autor» — cada trozo era una historia de amor completa en sí misma, aunque durara apenas unos minutos, y el conjunto se sostenía por la mezcla de tonos y voces distintas hablando de lo mismo desde ángulos diferentes.
Y aquí viene la parte que más define cómo trabajábamos: los tres miembros de la compañía nos repartíamos y nos turnábamos en el montaje, la dirección y la interpretación, sin que nadie se quedara fijo en un único rol. No es la forma más cómoda de montar un espectáculo —exige que todos entiendan el proyecto desde dentro y desde fuera al mismo tiempo—, pero fue justo esa rotación la que hizo que el resultado final se sintiera tan compartido de verdad.