Antes de Barcelona, antes de todo lo demás, hubo Donostia — y ahí fue donde monté, junto a otra gente, una asociación cultural llamada Nosoy, mientras de paso recibía clases de interpretación de la compañía Legaleon-T. Con la primera, delante de la cámara; con la segunda, delante del público.
Con Nosoy rodamos varios cortometrajes en los que participé como actor —El Taxi, Geisha, La Despedida, La lavandería—, cada uno con su propio tono, desde el drama hasta el absurdo más disfrutable. Con Legaleon-T, en cambio, la cosa era en directo: montamos dos obras de teatro (mi preferida: Las Olas) y varias piezas de teatro de calle, ese formato que exige ganarte al público en segundos, sin red y sin segunda oportunidad.
Y si hay una anécdota que resume bien el espíritu de aquellos años, es esta: en el festival de cine de terror de San Sebastián, Nosoy hizo intervenciones de teatro callejero e improvisación por todo el evento, y como colofón de la fiesta, simulamos el asesinato del director del festival de aquel momento — solo teatro, por supuesto, pero de los que dejan anécdota para toda la vida. Con los años, aquel director acabaría teniendo un papel bastante más prominente en el mundo del cine… menos mal que solo lo «matamos» de mentira.