Al llegar a Barcelona, tocaba cerrar el círculo formativo que había empezado años atrás en Logroño y San Sebastián. Lo hice en la escuela La otra orilla, donde entré directamente en el curso final tras superar una prueba de nivel — lo cual, viniendo de dos escuelas distintas y de una trayectoria ya construida a pulso, fue una buena validación de que el camino recorrido hasta entonces tenía sentido.
Pero esta escuela no fue solo el punto final de mi formación como actor: fue también el punto de partida de mi recorrido teatral en Barcelona. Ahí conocí a los compañeros con los que después montaría compañía propia, así que La otra orilla funcionó como bisagra entre dos etapas — el cierre de una formación de años y el arranque de todo lo que vendría después en la ciudad.