Todo empezó un 5 de noviembre de 2022, con un grupo de «desafiantes juntaletras» reuniéndose por primera vez para leerse cuentos y comentarlos entre café y café. La consigna era sencilla y sigue siéndolo: máximo 900 palabras por cuento, lo justo para leerse con atención en esos paréntesis que nos deja la vida moderna. Se propone un disparador —a veces la memoria, a veces el paraíso, a veces directamente el zumo de naranja, sin miedo a lo absurdo—, se escribe, se lee en voz alta, y se comenta sin piedad pero sin sangre, más cerca del pitorreo cómplice que de la solemnidad literaria de manual.
De 47 sesiones y contando ha salido de todo: seres sobrenaturales con curros de mierda, cadáveres de sobremesa, epanadiplosis (que, aclaro, no es ninguna afección cutánea), el Grito de Munch reinterpretado, hasta un cuento sobre migrantes que comen gatos, con Trump de fondo. De lo macabro a lo cotidiano sin pedir permiso a nadie. 900 palabras es la selección de los mejores relatos nacidos en ese laboratorio, publicado por Ediciones Letraheridas.
Mi participación aquí tiene una doble cara que no siempre se da: además de editar el libro, cinco de los cuentos que aparecen dentro son míos. Editar una antología en la que también eres autor tiene su parte incómoda —hay que ser tan exigente con el propio texto como con el de los demás, sin hacerse ningún favor—, pero también es de las experiencias más completas que ofrece este oficio: ves el libro nacer desde las dos orillas a la vez.
Es, además, el último libro en el que he participado hasta la fecha. Pero que nadie se confíe: como bien avisan desde el propio laboratorio, todavía nos quedan algunas ideas en la cabeza, y esto no se va a parar aquí.
