¿Cómo de pequeño puede ser un libro y seguir siendo un libro de verdad? Palomitas responde a esa pregunta llevándolo al extremo: es un fancine autopublicado con formato de folio doblado, del tamaño de esas chuletas que hacíamos en EGB para colar en un examen — y aun así, once microrrelatos caben ahí dentro sin que sobre ni falte una palabra.
La contraportada avisa del tono desde el principio: «pocas cosas hay más agradables que sentarse en un banco con palomitas y ver la vida pasar». Y eso es exactamente lo que se encuentra dentro — un superviviente que se aferra a los lazos de sangre antes que a la soga, humor negro con toques de Wasabi, melancolía condensada en apenas unas líneas, un verano de 1986 con retrogusto adolescente, y hasta un cierre a cuatro entradas de diez palabras cada una, el microrrelato llevado a su mínima expresión posible.
Y lo mejor: sigue vendiéndose en librerías. Un fancine de once relatos, del tamaño de una chuleta escolar, resistiendo el paso del tiempo en las estanterías — pocas cosas resumen mejor la filosofía de «menos es más» que este librito diminuto que se niega a desaparecer.
