En la primera aporté «El viejo en la barra», un thriller sobre unos jóvenes que meten las narices donde nadie los llama. Tiene un giro final que es mejor no contar, pero que obliga a repensar cual es el objetivo del cuento. Encajaba bien en aquel primer volumen, tan variado que en sus páginas convivían libros que se alimentan de sus propios lectores con papirófilos romanos de costumbres muy ordenadas.
Para el segundo escribí «De profundis clamavi ad te», la historia de un joven que esconde sus problemas de personalidad refugiándose en el submarinismo. Busca en el fondo del mar una manera de esconderse de sí mismo. No fue casualidad que encajara en esa antología: nació de una imagen de portada de la que salieron submarinistas persiguiendo el más difícil todavía, junto a nereidas que ya habían olvidado lo que fueron.
Dos cuentos, dos volúmenes, dos formas bien distintas de acercarme a la ficción. Nunca me ha gustado escribir siempre desde el mismo sitio.
